La familia que imaginamos: tradición, identidad y cuidado en un mundo en movimiento.
- Cristian Jofre Barrera
- 22 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 22 dic 2025

Cuando “familia” se convierte en una insignia moral, ¿quién puede pertenecer y a quién se expulsa del relato?
¿Qué constituye una familia? La pregunta parece simple, pero toca algo delicado: ese punto donde el pasado insiste y el presente se reordena. En términos de Bergson (1977), la experiencia humana se despliega en una “duración”, donde lo vivido no se desvanece como un archivo, sino que permanece activo, modelando cómo sentimos, juzgamos y decidimos hoy. Por eso, cuando hablamos de “familia”, no solo describimos una forma de hogar; hablamos de una memoria social que sigue operando en el lenguaje cotidiano, en la política, en la escuela, en los medios y, sobre todo, en aquello que cada persona siente digno de pertenecer.
Dentro de este marco, la familia funciona como un mapa simbólico de pertenencia. Valsiner (2014) analiza cómo los seres humanos organizamos la vida mediante signos: palabras e imágenes cargadas de valor que orientan lo que se considera correcto, posible y deseable. “Familia” es uno de esos signos densos. A veces nombra cuidado y refugio; otras veces se convierte en una frontera moral. Su fuerza proviene de que hace más que describir la realidad: también prescribe una manera de vivir. Por eso la diversidad de arreglos familiares no es solo un hecho social; es un movimiento cultural que presiona el modo en que una sociedad decide quién cuenta como “nosotros”.
Este poder prescriptivo tiene raíces profundas. Vico sostenía que las sociedades crean instituciones a través de una “fantasía poética”: una capacidad humana de elaborar formas compartidas que nos ayudan a soportar la incertidumbre y a dar orden a la vida (Tateo, 2017). Desde ese ángulo, el ideal de la “familia tradicional” aparece como una construcción simbólica que ofrece estabilidad emocional cuando el mundo cambia demasiado rápido. En tiempos de polarización, esa imagen se usa como un faro moral: promete claridad, promete seguridad, promete un relato único. El problema comienza cuando ese relato se vuelve un dispositivo de rigidez, capaz de traducir diferencias reales —familias reconstituidas, madres o padres solos, parejas del mismo sexo, hogares sin hijos— en motivos de sospecha, corrección o exclusión. La política no solo debate leyes; disputa imaginarios, y “familia” suele convertirse en el emblema perfecto de esa lucha.
La vida, sin embargo, se resiste a ser contenida con tanta facilidad. En cada transición —una separación, un duelo, una migración, un nacimiento, la adolescencia— las personas buscan recursos culturales para sostenerse y orientarse. Zittoun (2006) analiza cómo, en momentos de cambio, recurrimos a historias, imágenes, recuerdos y prácticas que nos permiten cruzar umbrales vitales y proyectarnos hacia lo que todavía no somos. Esa proyección no es un lujo; es una necesidad humana. Al mismo tiempo, el entorno empuja y encauza. Tateo (2016) reflexiona sobre cómo los marcos culturales orientan el desarrollo, marcando direcciones que a veces amplían —y a veces estrechan— el espacio de posibilidades. En ese cruce, la familia opera como un campo de fuerzas: allí se negocia la identidad, se disputa la legitimidad, se aprende a pertenecer y, en ocasiones, también se aprende a callar.
Esto se vuelve decisivo cuando hablamos de proyectos de vida. En algunas aproximaciones contemporáneas, un “proyecto de vida” aparece como una tarea sociocognitiva de organización: fijar metas, planificar, construir una narrativa coherente para moverse por el mundo (Coscioni, 2022). Esa perspectiva ayuda a observar cómo las personas ordenan prioridades y toman decisiones. Sin embargo, desde una mirada semiótico-cultural, un proyecto de vida aparece como algo más amplio y más vivo: una construcción de sentido que se despliega en el tiempo, encarnada en el sentir, transformada por cada experiencia, incluso antes de poder ponerse en palabras. Boulanger (2021) describe esta dimensión como una “trayectoria de sombra”: una manera en que la experiencia se organiza silenciosamente mientras vivimos, y solo después se vuelve contable. En la práctica, muchas decisiones no nacen de un plan perfecto, sino de pequeñas reorganizaciones del sentido: una conversación que cambia el rumbo, una pérdida que reordena prioridades, un acto inesperado de cuidado que redefine lo importante. Cuando la idea de familia se usa como norma rígida, interfiere en ese movimiento: estrecha las posibilidades de quienes necesitan inventar formas de vida que encajen con sus realidades.
Si el debate público quiere estar a la altura de las exigencias del desarrollo humano, necesita una ética de convivencia simbólica. Hermans (2001) propone pensar la identidad como un diálogo interno de voces: una polifonía que no puede reducirse a una sola definición del yo. Desde ahí, la familia se parece menos a un molde y más a un sistema relacional de posiciones: voces, generaciones, acuerdos, tensiones, reparaciones. Marková (2016) sostiene que nuestra humanidad se sostiene en el diálogo; aplicado a la familia, esto implica reconocer que el cuidado y el reconocimiento mutuo importan más que la forma “correcta” del hogar. Cuando una sociedad privilegia un único modelo de familia, debilita su capacidad de diálogo y disminuye su sensibilidad hacia la experiencia vivida de las personas.
La cuestión, entonces, no consiste en defender una imagen única de familia. Consiste en fortalecer las condiciones que hacen posible el cuidado en múltiples formas. Eso exige un cambio cultural que atraviese creencias y niveles económicos: políticas que protejan a quienes cuidan, un lenguaje público que no humille la diferencia, medios que representen la diversidad sin convertirla en excepción, y espacios educativos que enseñen a leer críticamente los símbolos que organizan la vida. Una sociedad madura se reconoce en su flexibilidad para sostener vínculos reales, no en su rigidez para imponer un ideal.
Al final, hablar de familia es hablar del futuro. Y el futuro se construye mejor cuando el símbolo “familia” deja de ser una frontera moral y se convierte en una promesa compartida: que toda vida merece un lugar donde el cuidado pueda tomar forma, incluso cuando esa forma difiera de la que la nostalgia intenta fijar.


Comentarios